¿Qué hizo que la Mercedes se convirtiera en el monstruo que llegó a ser? Tendríamos que retroceder en el tiempo hasta llegar a su infancia, donde dicen que se gestan todos nuestros traumas futuros.
Fue la hija única de un matrimonio de clase media acomodada rural, de pueblo chico. Su padre, un hombre fuerte, alto, de tipo sanguíneo. Su madre, una mujer atractiva, sin estar plenamente consciente de sus encantos, un tanto tímida y apocada, de mejor pelaje que su marido.
Mercedes llegó al mundo cuando sus padres llevaban cuatro años de casados, ya se habían hecho la idea que no iban a tener descendencia. El parto fue normal, sin mayores complicaciones.
Su primera infancia fue la de cualquier niña en una familia chilena con medios, en manos de empleadas y niñeras. Al cumplir siete años comenzó a ir a la escuela del lugar, la única, dicho sea de paso. Allí alternaba su aprendizaje y juegos con los otros niños, donde se mezclaban en alegre democracia todas las clases sociales pueblerinas. Y así, Mercedes llegó a los nueve años. Era una niña alta para su edad, había heredado de su madre sus grandes ojos grises, nariz respingada y un precioso pelo color miel.
Una noche cualquiera, estaba medio somnolienta cuando sintió que su padre entraba en su dormitorio. Se incorporó y lo saludó alegremente: “hola papá, qué rico que viniste a acompañarme”. Su padre no dijo nada, simplemente se sentó en la cama, le pasó un brazo por sobre los hombros y con voz ronca le dijo: “Quédate quieta, déjame hacer y, sobre todo, no levantes la voz. Yo sé que esto te va a gustar.” Dicho esto, metió su mano bajo las sábanas y comenzó a masajear el sexo de Mercedes. La niña al principio se aterró al ver a su papá tan alterado. Luego, poco a poco se calmó, un sopor muy agradable la fue invadiendo, semi dormida sintió una sensación nueva, inesperada y, sin saberlo, experimentó el primer orgasmo de su vida.
_¿Viste que era rico?, ¿te gustó? Eso sí que me tienes que jurar que nunca se lo vas a contar a tu mamá. Esto tiene que ser un secreto entre los dos. ¿ Lo juras?
_Sí, papá. No te preocupes, si yo casi nunca hablo con la mamá… _dijo Mercedes, ya casi dormida.
Al día siguiente, mientras se vestía para ir a su escuelita, recordó la noche pasada. Sintió mucha vergüenza, una incomodidad vaga que no supo definir por sus inocentes nueve años. Por un lado le habría gustado poder compartir su secreto con alguien, su mejor amiga, su profesora, pero algo muy profundo la retenía. Relacionó lo que le había pasado con las cosas indecentes que en el recreo contaba el Remigio, hijo de un peón, refiriéndose a las cosas que le hacía a las pololas que según él tenía.
Así, durante muchas noches y varios años siguieron las visitas nocturnas. Mercedes fue creciendo, desarrollándose, llegando a convertirse en una adolescente muy atractiva, tanto que ya a sus trece años, hombres adultos la miraban con deseo. Las relaciones con su padre eran cada vez más tensas, pues él, ante la transformación de su hija en una mujer, reaccionaba como macho alfa amenazado en sus derechos. La madre, por otro lado, veía a su hija como una rival del cariño de su esposo, no obstante que ni siquiera sospechaba de las visitas nocturnas, lo que ciertamente habría desencadenado una tragedia espantosa. El resultado de todo esto era que Mercedes era una prisionera en su propio hogar, ya que el padre no solo la restringía, sino que le prohibía las salidas, salvo que fuera acompañada por él. Con su madre no iban mucho mejor las cosas, pues su trato con Mercedes se limitaba a los buenos días, si es que llegaban a cruzarse antes de almuerzo, aún entonces la mirada que le dirigía era de franco desagrado.
Una noche, en la víspera de su cumpleaños número quince, Mercedes sintió unos pasos en dirección a su dormitorio, le había puesto llave a su puerta. Oyó cómo su padre movía la manilla, mientras susurraba con ira: “Abre, Meche, te lo ordeno”. Como en una película pasaron por la mente de la niña todos estos años de inmundicia. Sintió ganas de vomitar y componiendo la voz susurró a su vez: “Espérate, anda a tu dormitorio, yo te aviso”. “Hasta aquí nomás llegamos” pensó, mientras sentía que algo como líquido hirviendo le subía por la garganta.
Bajó en absoluto silencio hasta la cocina, sacó del cajón el cuchillo con que el padre del Remigio, el Juaco, carneaba a los chanchos y corderos cuando llegaba la temporada. Era un arma formidable, pesada, aterradora.
Con el mismo sigilo subió a la pieza del padre, lo sacudió para despertarlo y le dijo:
_Necesito que estés bien despierto, papito.
_Qué grata sorpresa, nunca habías venido a verme. Ven, métete a la cama, mi amor.
Casi no alcanzó a terminar la frase. Mercedes, con una fuerza irracional, nacida de lo profundo de sus entrañas, le clavó el cuchillo hasta la empuñadura y, antes que el otro fuera a gritar, de un certero tajo le rebanó el cuello, tal como había visto hacer al Juaco.
Se trasladó al dormitorio de su madre, la despertó muy suavemente:
_Mamita, despierta que te tengo que contar algo muy importante, que no puede esperar hasta mañana _La mujer se levantó, se sentó apoyada en el respaldo, con la misma frialdad de siempre.
_¿Qué puede ser tan importante que me vienes a despertar a esta hora, ¿miraste el reloj, mocosa de mierda?
_Sí, mamita, escucha atentamente.
Durante larguísimos y espantosos minutos, Mercedes puso al tanto a su madre de todas las bestialidades que, desde sus nueve años, la había hecho objeto su padre. La mujer ni siquiera pestañeaba, estaba en un estado casi catatónico. De pronto rompió en un aullido horripilante, de bestia, se arañó la cara y se quedó mirando a su hija.
_¿Cómo me pudiste hacer esto, puta maldita, tú tienes que haberlo provocado, a él jamás se le ocurriría algo tan atroz, debí abortarte, sal de mi pieza, ¡puta!
_¿Mamita, por qué no vamos a ver al papá, mejor?, está muy callado.
Mercedes, sin darse por aludida, trató de calmar a su made. La mujer, mirándola con ojos de loca, se dejó conducir como sonámbula al dormitorio de su marido. Ahí, nuevamente soltó su grito espeluznante, lanzándose a la cama y abrazando el cuerpo ensangrentado del hombre. Mercedes tomó impulso, asió el cuchillo y lo descargó repetidas veces en la espalda de su madre. Como obedeciendo a un plan preconcebido, fue al garaje y tomando un bidón de gasolina, lo llevó al dormitorio vaciándolo sobre los cadáveres de sus padres.
En el pueblo se comentó durante largo tiempo la milagrosa escapada del incendio de la pobre Mercedes y de lo sola que había quedado. Sola, pero inmensamente rica como única heredera de las fortunas combinadas de sus padres. El notario del pueblo, gran amigo de la familia, hizo todos los arreglos legales para que, una vez cumplida su mayoría de edad, Mercedes pudiera hacer uso de su herencia y, hasta ese momento, mediante la figura de un fideicomiso, le asignó una excelente renta.
A todo esto, se había establecido en el pueblo un convento de monjas de claustro del cual el padre de Mercedes era uno de los benefactores. Las monjas, al saber la desgracia de esta pobre niña, le propusieron irse a vivir con ellas a un par de piezas que le asignarían, cobrándole una suma mensual. Ella tendría amplia libertad de movimientos y podría participar en casi todas las actividades de la congregación. Todo mientras durara la reconstrucción de la casa incendiada que Mercedes, con la ayuda del notario, inició al día siguiente, ya que tenía la intención de inaugurarla con un gran baile, lo que sería su estreno en sociedad y el inicio de su nueva vida.
Roberto Rafael Veloso Zilleruelo
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